Al sur de los Alpes, con aire limpio y sereno
sube del valle un aroma fresco a madera y paz
el bosque mantiene el calor en su seno
mientras, cada vez antes, se pone el sol un día más.
Un amable anfitrión nos acoje con un vaso de vino
ante un formidable paisaje de ensueño alpino
nos sentamos cómodos, unidos, bajo un mismo techo
para despedir este día en el que tanto hemos hecho.
Se charla de Dios, del mundo y de lo nuestro
un chiste aquí y allá entre el resto
hambrientos y ansiosos con sincera alegría
por como vamos a culminar este increíble día.
En la mesa, denominación de origen local y reciente
sabores salados entre un wein insistente
toques únicos de los que se quedan en la mente
todo nuevo, diferente, nada es como siempre.
Las castañas crujen, estallan, humean calientes
el vino hace olvidar rápido el cansancio latente
con los gemelos aun tensos y cargados
ahora toca comer bien y recuperar lo gastado.
Recordando bajadas por bosques y prados tranquilos
por trails incalculables, ni en metros ni en kilos
olores y sensaciones que disfrutamos con gozo
en lugar de en Instagram con likes como mozos.
Se bebe, se ríe, se disfruta de este momento fugaz
irrepetible, difícil que se vuelva a dar.
Se parte el Schüttelbrot, dos pedazos de pan
sin más planes, nos quedamos con la paz que la simpleza da.
El tiempo se escapa y apenas se notan los años
salvo por por los cambios de color de cada estación.
Lo importante es vivir cada momento desde el corazón
disfrutar orgulloso mañana del recuerdo de antaño.
Y cuando cae la tarde con su compasión
los vasos se vacían y los invitados bajan la voz.
Se brinda por el anfitrión, por el vino y por la cena,
por el día, por los momentos buenos y las penas.
Por la montaña, que escucha con su calma,
por el sutil viento que cruza el valle con novedad,
por el sol, que cambia el paisaje sin avisar
y se mezcla con colores en la noche para nuestro gozar.
Nos levantamos tarde con tranquilidad
y sin prisas preparamos el terreno
porque al que es tranquilo y sereno
la vida simplemente le trata con bondad.
Al final queda solo una cosa que decir: Gracias de corazón al Griesserhof y a Paul. Por su inspiración, por su cercanía, por la forma con la que nos enseñó sus viñas y bodegas, y por toda la información detallada sobre el Törggelen.
Words: Julian Lemme Photos: Robin Schmitt, Julian Lemme



